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¿Quién diseña realmente nuestras ciudades: las personas o los algoritmos?

IA en urbanismo: ¿quién diseña nuestras ciudades?

Cuando pensamos en una ciudad, solemos imaginar que las decisiones importantes las toman arquitectos, urbanistas, ingenieros o responsables políticos. Creemos que detrás de un semáforo, de una línea de autobús o de una nueva plaza siempre hay un grupo de personas analizando qué es lo mejor para quienes viven allí.

Sin embargo, esa imagen empieza a quedarse incompleta.

Cada vez más decisiones urbanas se apoyan en algoritmos capaces de analizar millones de datos en cuestión de segundos. Sistemas de inteligencia artificial estudian los flujos de tráfico, predicen dónde se producirán atascos, calculan los recorridos del transporte público, optimizan la recogida de residuos, gestionan el alumbrado o ayudan a decidir dónde instalar determinados servicios.

A primera vista, parece una evolución lógica. Si una máquina puede procesar más información que un ser humano, ¿por qué no dejar que nos ayude a diseñar ciudades más eficientes?

La cuestión es que una ciudad no es únicamente un problema de eficiencia.

Conviene hacer una precisión importante. Hoy ningún algoritmo diseña por sí solo una ciudad. Lo que está ocurriendo es algo más sutil: cada vez más decisiones se apoyan en sistemas capaces de analizar enormes cantidades de información y proponer soluciones. La cuestión no es si la inteligencia artificial sustituirá a quienes planifican las ciudades, sino cuánto peso tendrán sus recomendaciones en las decisiones finales.

Los datos pueden decirnos cuántas personas cruzan una calle, cuánto tarda un autobús en llegar o cuál es el recorrido más rápido entre dos puntos. Pero no pueden responder preguntas mucho más profundas.

¿Ese espacio invita a permanecer o solo a atravesarlo?

¿Una plaza favorece que las personas se encuentren o simplemente organiza el paso de peatones?

¿Un barrio resulta acogedor para una persona mayor, para un niño o para alguien con movilidad reducida?

¿Dónde queda el derecho al descanso, a la conversación o al juego?

Los algoritmos no poseen experiencias, recuerdos ni emociones. No saben qué significa sentirse seguro al volver a casa de noche, ni entienden la importancia de encontrar un banco a la sombra después de caminar con bolsas de la compra. Tampoco pueden comprender el valor que tiene una plaza donde los vecinos se conocen, los niños juegan y las personas mayores encuentran un lugar donde conversar.

Eso no significa que la inteligencia artificial no deba utilizarse en el urbanismo. Al contrario. Puede convertirse en una herramienta extraordinaria para detectar problemas que antes pasaban desapercibidos, simular distintas soluciones o anticipar las consecuencias de determinadas decisiones.

El problema aparece cuando confundimos una herramienta con quien debe tomar la decisión final.

«Un algoritmo puede decirnos dónde se producen los atascos, pero no puede decidir qué tipo de ciudad queremos construir.»

Porque esa decisión no depende únicamente de los datos. Depende de nuestros valores.

Depende de si queremos ciudades donde lo importante sea llegar cinco minutos antes al trabajo o ciudades donde también exista tiempo para caminar, descansar, encontrarse con otras personas y cuidar de quienes tienen más dificultades.

Depende de si entendemos el espacio público como una simple infraestructura para mover vehículos o como el lugar donde transcurre gran parte de nuestra vida cotidiana.

En los últimos años hemos aprendido que el diseño urbano nunca ha sido neutral. Cada banco, cada acera, cada paso de peatones o cada plaza refleja prioridades. Algunas favorecen la convivencia; otras priorizan la velocidad, el control o la rentabilidad.

La llegada de la inteligencia artificial no cambia esa realidad. Simplemente introduce un nuevo actor en el proceso de decisión. Y precisamente por eso resulta más importante que nunca preguntarnos quién establece los criterios que utilizarán esos algoritmos.

Porque un algoritmo no decide por sí solo. Siempre hay una persona, una empresa o una administración que elige qué datos utilizar, qué objetivos perseguir y qué aspectos considerar importantes.

«Si solo medimos la velocidad del tráfico, obtendremos ciudades diseñadas para que los coches circulen mejor.»

Si también medimos la comodidad de las personas mayores, la accesibilidad, la calidad del espacio público, la presencia de sombra, la seguridad o las oportunidades para la vida comunitaria, probablemente construiremos ciudades muy diferentes.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a diseñar mejores ciudades. Pero nunca debería sustituir el debate sobre qué entendemos por una ciudad verdaderamente habitable.

Porque, al final, las ciudades no existen para satisfacer a los algoritmos.

Existen para que las personas puedan vivir mejor.

Y esa seguirá siendo una decisión profundamente humana.


💬 ¿Y tú qué opinas?

¿Crees que la inteligencia artificial puede ayudarnos a construir ciudades más habitables o hay decisiones que nunca deberían dejar de ser humanas?

Me encantará leer tu punto de vista en los comentarios.