julio 2026

La casa que escucha, observa y decide

¿Es este el futuro de la domótica?

Imaginemos que llegamos a casa cansadas.

La luz se enciende sola, la temperatura se ajusta y una voz nos recuerda que mañana tenemos una cita médica. La vivienda sabe que hemos entrado y parece comprender lo que necesitamos.

Todo resulta cómodo.

Pero esa casa no solo obedece. También escucha nuestra voz, observa nuestras rutinas y aprende a reconocer cuándo llegamos, cuánto tiempo permanecemos en una habitación o qué aparatos utilizamos.

Entonces aparece una pregunta inevitable:

¿Sigue siendo una herramienta que controlamos o empieza a convertirse en algo que nos controla a nosotras?

De obedecer a interpretar

La domótica tradicional realizaba tareas bastante sencillas: encender una lámpara, bajar una persiana, regular la calefacción o comprobar desde el móvil si una puerta estaba cerrada.

La inteligencia artificial está cambiando esta relación.

Los nuevos sistemas ya no pretenden limitarse a recibir órdenes. Quieren comprender el contexto, anticiparse a nuestras necesidades y decidir qué acción consideran más adecuada.

En julio de 2026, Reuters recogió una información de Bloomberg según la cual OpenAI estaría desarrollando un dispositivo doméstico portátil, sin pantalla y parecido a un altavoz inteligente. Podría controlar aparatos de la vivienda, reproducir contenidos, gestionar mensajes y utilizar cámaras y sensores para interpretar lo que sucede a su alrededor. El producto continúa en desarrollo y OpenAI no ha confirmado públicamente sus características.

La noticia sirve para imaginar hacia dónde puede dirigirse la tecnología doméstica.

La casa ya no se limitaría a obedecer.

Empezaría a interpretar.

Una ayuda que puede mejorar la autonomía

No todo lo que plantea esta evolución es negativo.

Una vivienda inteligente puede facilitar muchas tareas cotidianas. Podría apagar un electrodoméstico olvidado, regular la temperatura, encender una luz durante la noche o permitir que una persona controle las persianas y las puertas mediante la voz.

También podría detectar situaciones anómalas y pedir ayuda.

Para una persona mayor, con discapacidad, movilidad reducida o una enfermedad crónica, estas funciones no son simples caprichos tecnológicos.

Pueden significar más autonomía.

Pueden permitir que alguien realice por sí mismo pequeñas tareas para las que antes necesitaba ayuda.

El problema no está en que una casa sea capaz de cuidarnos.

El problema aparece cuando, para recibir ese cuidado, debemos permitir que una empresa conozca una parte cada vez mayor de nuestra vida privada.

La intimidad también vive en casa

El hogar no es un espacio cualquiera.

Es el lugar donde descansamos, enfermamos, discutimos, nos vestimos, recibimos visitas y mostramos una parte de nosotras que normalmente no enseñamos fuera.

Por eso, colocar micrófonos, cámaras y sensores dentro de una vivienda no es una decisión pequeña.

Los altavoces inteligentes incorporan micrófonos preparados para detectar la expresión que los activa. El Supervisor Europeo de Protección de Datos ha advertido de que estos aparatos pueden tratar voces, órdenes, hábitos y otra información generada dentro del hogar.

Las preguntas son sencillas:

¿Qué escucha realmente el dispositivo?

¿Qué información guarda?

¿Se procesa dentro de la vivienda o se envía a servidores externos?

¿Podemos borrarla?

¿Seguirá funcionando el aparato si decidimos no compartir determinados datos?

No se trata de tener miedo a toda la tecnología.

Se trata de no confundir comodidad con consentimiento.

Desde septiembre de 2025 se aplica en la Unión Europea la Ley de Datos, que reconoce más control a las personas sobre la información generada por sus dispositivos conectados. Es un avance importante, aunque conocer nuestros derechos no siempre significa que resulte fácil comprender qué hacen realmente todos los aparatos que instalamos en casa.

Cuando la casa inteligente se complica

Existe otro problema mucho más cotidiano.

Compramos una bombilla de una marca, una cámara de otra y un termostato de una tercera. Cada aparato necesita su propia aplicación, su propia cuenta y, a veces, su propio sistema de conexión.

La vivienda supuestamente inteligente termina llena de dispositivos que no se entienden entre sí.

El estándar Matter intenta reducir ese problema y facilitar que aparatos de diferentes fabricantes puedan comunicarse. La Connectivity Standards Alliance lo presenta como una tecnología basada en internet diseñada para ofrecer una conexión más sencilla, fiable y segura entre los dispositivos del hogar.

Thread, por su parte, es una red inalámbrica de bajo consumo creada especialmente para los hogares inteligentes. Permite que sensores, cerraduras, luces y otros aparatos se comuniquen formando una red propia.

Estas tecnologías pueden evitar que dependamos por completo de una sola marca.

Pero que los aparatos puedan comunicarse no significa necesariamente que nosotras comprendamos qué información intercambian.

Una casa accesible también debe ser comprensible.

La persona que vive en ella debería saber qué está ocurriendo, poder modificar una decisión automática y disponer siempre de una forma manual de controlar los elementos esenciales.

Una puerta, una luz o una persiana no deberían dejar de funcionar porque falle internet, cierre una empresa o una aplicación deje de actualizarse.

Una casa inteligente también puede equivocarse

Con frecuencia hablamos de la inteligencia artificial como si pudiera saber exactamente lo que necesitamos.

Pero interpretar el comportamiento humano no es tan sencillo.

Permanecer mucho tiempo sin movernos podría significar que hemos sufrido un problema, pero también que estamos leyendo tranquilamente.

Llegar más tarde un día no significa que hayamos cambiado nuestra rutina.

Hablar en voz alta no significa necesariamente que estemos enfadadas.

Una vivienda que toma decisiones puede equivocarse.

Y cuanto más importantes sean esas decisiones, más necesario será que podamos comprenderlas y corregirlas.

La verdadera inteligencia de una casa no debería medirse por la cantidad de cosas que hace sin preguntarnos.

Debería medirse por su capacidad para ayudarnos sin quitarnos el control.

Una domótica al servicio de la vida

No tenemos que elegir entre rechazar la tecnología o aceptarlo todo.

Podemos querer una casa que facilite la vida y, al mismo tiempo, exigir privacidad.

Podemos valorar un sistema que detecte una caída sin aceptar que una cámara nos observe constantemente.

Podemos utilizar la inteligencia artificial sin permitir que cada gesto cotidiano se convierta en un dato comercial.

Una domótica verdaderamente humana debería ser accesible, sencilla y transparente.

Tendría que explicar qué información utiliza.

Permitir apagar realmente los sensores.

Conservar controles manuales.

Seguir funcionando cuando se corta internet.

Y pedir permiso antes de tomar decisiones importantes.

Quizá la pregunta no sea si queremos vivir en una casa inteligente.

La verdadera pregunta es:

¿Qué clase de inteligencia queremos que habite con nosotras?

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Este artículo se relaciona especialmente con los cuadernos Domótica y Tecnología, datos y vida cotidiana

La ciudad que se derrite

Cuando el calor también depende del barrio en el que vivimos

Hay días en los que salir a la calle deja de ser una decisión sencilla. Abres la puerta, notas el golpe de calor y empiezas a calcular el recorrido de otra manera: por dónde hay sombra, dónde puedes sentarte, cuánto tardarás en llegar y si encontrarás algún lugar en el que refugiarte.

La ciudad cambia cuando llega el calor. O quizá lo que ocurre es que el calor deja al descubierto cómo está construida.

No todas las calles protegen igual. Hay barrios con árboles, soportales, fuentes, parques y comercios cercanos donde entrar durante unos minutos. En otros, el recorrido se convierte en una sucesión de aceras estrechas, fachadas recalentadas, bancos sin sombra y plazas duras en las que apenas se puede permanecer.

Por eso el calor no es solo una cuestión meteorológica. También es una cuestión de urbanismo.

El calor también habla de desigualdad

No todas las personas pueden evitar las horas más calurosas. Hay quien tiene que ir a trabajar, hacer la compra, acompañar a otra persona, acudir a una consulta médica o esperar el autobús.

Tampoco todas las viviendas ofrecen la misma protección. Algunas tienen aislamiento, ventilación cruzada, persianas y sistemas de climatización. Otras acumulan calor durante el día y apenas consiguen expulsarlo por la noche.

A esto se suma algo que pocas veces aparece en los planos: la capacidad económica para encender el aire acondicionado durante horas o para desplazarse en un vehículo climatizado.

El mismo verano no se vive igual desde todas las casas ni desde todos los barrios.

La sombra no debería ser un lujo

Durante mucho tiempo, la sombra se ha tratado casi como un detalle decorativo. Sin embargo, en una ciudad sometida a temperaturas extremas, puede convertirse en una infraestructura esencial.

Un árbol bien situado, una pérgola, un soportal o una marquesina no solo embellecen una calle. Permiten caminar, esperar, descansar y continuar el recorrido.

La sombra hace que el espacio público pueda seguir utilizándose.

Pero no basta con colocar algunos árboles jóvenes y esperar décadas a que crezcan. Hay que proteger los árboles existentes, elegir especies adecuadas, garantizar su mantenimiento y diseñar recorridos continuos de sombra.

Una plaza con cuatro árboles en una esquina no resuelve el problema si para llegar hasta ella hay que atravesar calles completamente expuestas al sol.

Refugios climáticos que formen parte de la vida cotidiana

En muchas ciudades comienzan a habilitarse bibliotecas, centros cívicos, mercados, colegios o equipamientos públicos como refugios climáticos.

La idea es sencilla: ofrecer espacios accesibles, frescos y seguros durante los episodios de calor intenso.

Pero para que funcionen de verdad no basta con incluirlos en un mapa. Deben estar cerca, abrir en los momentos necesarios y ser conocidos por las personas del barrio.

También tienen que poder utilizarse sin consumir, sin justificar por qué se entra y sin sentir que se está ocupando un lugar que no corresponde.

Un refugio climático no debería parecer un recurso excepcional reservado para una emergencia. Debería integrarse con naturalidad en la red de cuidados de la ciudad.

Viviendas preparadas para un clima que ya ha cambiado

La respuesta al calor no puede quedarse únicamente en las calles. También hay que mirar hacia el interior de las viviendas.

La orientación, el aislamiento, la ventilación, las protecciones solares y los materiales utilizados influyen directamente en la temperatura de una casa.

Durante años se ha confiado demasiado en que cualquier problema térmico podía resolverse instalando aire acondicionado. Pero refrigerar edificios mal diseñados aumenta el consumo energético y deja fuera a quienes no pueden afrontar ese gasto.

Antes de añadir máquinas, deberíamos preguntarnos si el edificio protege realmente a quienes viven dentro.

Rehabilitar viviendas, mejorar el aislamiento, recuperar persianas y contraventanas, facilitar la ventilación nocturna y diseñar patios, terrazas y zonas comunes con sombra también son medidas de salud.

Una ciudad que cuide

Pensar la ciudad frente al calor no consiste únicamente en bajar unos grados la temperatura. Significa preguntarse quién puede seguir utilizando sus calles y quién empieza a quedar encerrado en casa.

Las personas mayores, la infancia, quienes tienen enfermedades crónicas, movilidad reducida o trabajos al aire libre viven el calor con una intensidad especial. Pero una ciudad más habitable para ellas termina siendo una ciudad mejor para todo el mundo.

Más árboles, más sombra, más agua, más lugares para sentarse y más espacios públicos accesibles no son elementos secundarios.

Son una forma de cuidado colectivo.

Quizá el verdadero desafío no sea evitar que la ciudad se caliente, porque parte de ese cambio ya está aquí. El desafío es impedir que, cuando llegue el calor, la ciudad expulse de sus calles a quienes más necesitan utilizarlas.

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La ciudad que se derrite

Habitar el siglo XXI: Espacio, cuerpo, ciudad y tecnología en la vida cotidiana

Por Colina Blanca
junio 2026

La forma en que habitamos el mundo está cambiando. La vivienda, las ciudades, la tecnología, la accesibilidad o los espacios públicos ya no pueden entenderse por separado. Este libro ofrece una mirada interdisciplinar sobre cómo los espacios físicos y digitales condicionan nuestra vida cotidiana y cómo podemos construir entornos más humanos, inclusivos y sostenibles.

Presentación

Habitar nunca ha significado únicamente ocupar un espacio.

Habitar implica construir relaciones, desarrollar nuestra vida cotidiana, cuidar, movernos por la ciudad, trabajar, comunicarnos y participar en la sociedad. Cada uno de esos actos está profundamente condicionado por los espacios que diseñamos y por las tecnologías que incorporamos a ellos.

Este libro propone una reflexión amplia sobre la forma en que vivimos el siglo XXI. Reúne conocimientos procedentes de la arquitectura, el urbanismo, la sociología, la psicología ambiental, la accesibilidad, la tecnología y los estudios sobre la vida cotidiana para comprender cómo evolucionan los espacios que habitamos.

Desde el hogar hasta la ciudad, desde el espacio público hasta los entornos digitales, el libro muestra que diseñar espacios significa también diseñar formas de vivir.

Más que un manual técnico, es una invitación a observar nuestro entorno desde una perspectiva humana, crítica e interdisciplinar.

Disponible en Amazon


¿Qué encontrarás en este libro?

📌 La evolución del concepto de habitar en el siglo XXI.

📌 Diseño de interiores, vivienda y bienestar.

📌 Accesibilidad y arquitectura para todas las personas.

📌 Urbanismo con perspectiva de la vida cotidiana.

📌 Espacio público, ciudadanía y convivencia.

📌 Tecnología, datos y transformación digital.

📌 Domótica y vivienda inteligente.

📌 Espacios físicos y digitales como escenarios de la vida contemporánea.

Disponible en Amazon

Temas principales

✓ Arquitectura y vida cotidiana

✓ Vivienda y bienestar

✓ Diseño de interiores

✓ Accesibilidad universal

✓ Urbanismo contemporáneo

✓ Espacio público

✓ Tecnología y sociedad

✓ Inteligencia artificial y datos

✓ Domótica

✓ Psicología ambiental

✓ Ciudad y ciudadanía

✓ Calidad de vida

✓ Espacios digitales

✓ Habitar el siglo XXI

Disponible en Amazon

¿A quién puede interesar?

Este libro está dirigido a:

• Personas interesadas en comprender cómo los espacios influyen en nuestra vida cotidiana.

• Estudiantes de arquitectura, urbanismo, diseño, sociología y ciencias sociales.

• Profesionales de la arquitectura, el urbanismo, el diseño y la planificación territorial.

• Investigadores de ciudad, vivienda, accesibilidad, tecnología y calidad de vida.

• Personas interesadas en la transformación digital y el futuro del habitar.

• Cualquier lector que quiera comprender cómo evolucionan los espacios donde vivimos y cómo estos condicionan nuestra forma de relacionarnos con el mundo.

Disponible en Amazon

Ficha del libro

Colección: Cuadernoteca

Título: Habitar el siglo XXI: Espacio, cuerpo, ciudad y tecnología en la vida cotidiana

Autora: Colina Blanca

Temática: Arquitectura, urbanismo, tecnología, vida cotidiana y experiencia humana.

Disponible en Amazon